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Begoña Ascaso

Nació en Barcelona y creció en Huesca. Licenciada en Matemáticas por la Universidad Politécnica de Catalunya, realizó su tesis doctoral en el Instituto de Astrofísica de Andalucía y una estancia postdoctoral en la Universidad de California (Davis) donde trabajó en el grupo del DLS y LSST. En la actualidad es investigadora postdoctoral en IAA trabajando en detección y análisis de cúmulos de galaxias en proyectos como J-PAS, ALHAMBRA y CLASH, entre otros.

Abell 2218

Los objetos que estudio, los cúmulos de galaxias, son en sí mismos pequeños universos de galaxias.  Ostentando el título de ser las estructuras más grandes ligadas mediante la gravitación que existen en el universo, con un tamaño que oscila desde cientos de kilopársec a algunos megapársec, los cúmulos de galaxias están formados por entre decenas y miles de galaxias, mayoritariamente concentradas en su núcleo y generalmente muy cerca de la galaxia más brillante del cúmulo (BCG, de sus siglas en inglés Brightest Cluster Galaxy). También se componen de  gas caliente y una gran cantidad de materia oscura, que solo se puede medir mediante métodos indirectos. La masa de los cúmulos más grandes puede llegar a unas ocho veces 1015 masas solares, mientras que los cúmulos menos masivos, conocidos como grupos de galaxias, tienen masas de algunas veces 1013 masas solares. Conforme observamos cúmulos más jóvenes, sus masas son más pequeñas, ya que los cúmulos están en proceso de formación.

Uno de los motivos por los que estos objetos resultan muy interesantes es porque proporcionan información a dos niveles diferentes. Por un lado, podemos considerarlos laboratorios de galaxias: la densidad de galaxias –especialmente elípticas y lenticulares– en cúmulos es mucho más alta que en el resto del universo y, por eso, constituyen entornos ideales para estudiar los procesos que dirigen la formación y evolución de las galaxias y su influencia con el entorno. En segundo lugar, los cúmulos de galaxias son una de las herramientas cosmológicas más importantes que existen.

Estudiando muestras muy grandes de cúmulos, a poder ser que abarquen grandes rangos de masas y de distancias, estamos en condiciones de analizar la distribución espacial de estas estructuras a gran escala; podremos contar el número de cúmulos para cada rango de masa y para diferentes etapas y compararlos después con modelos que predicen cómo se crearon estas estructuras a partir de las fluctuaciones iniciales del universo.

Por este motivo nos interesa encontrar cúmulos en cartografiados que reúnan tres condiciones: que sean zonas muy amplias del cielo (para obtener un gran número),  que la observación sea muy profunda (para detectar cúmulos lo más alejados posible) y con el mayor número de bandas estrechas (filtros que permiten detectar hasta los cúmulos menos masivos). Durante mi carrera investigadora he desarrollado una herramienta para detectar cúmulos, el detector de cúmulos bayesiano (BCF, de sus siglas en inglés Bayesian Cluster Finder), que ha sido aplicado a cartografiados como el DLS, ALHAMBRA, J-PAS o CFHT, y que ha permitido hallar cientos de estos cúmulos.

Abell 2218

Corría mayo de 2007 cuando conocí el objeto que cambió mi manera de “ver” la astrofísica. Me encontraba realizando mi tesis doctoral sobre cúmulos de galaxias a redshift intermedio (el redshift, o corrimiento al rojo, es el desplazamiento hacia el rojo de la luz de una galaxia debido al distanciamiento progresivo que produce la expansión del universo).  Mi muestra de partida se componía de cinco cúmulos observados con una gran calidad desde el Nordic Optical Telescope (NOT), y constituían básicamente los primeros datos “reales” que analizaba.  

Me encontraba preparando una estancia de dos meses en la Universidad John Hopkins en Baltimore (EEUU), que me habían concedido para trabajar con datos de otros cinco cúmulos a redshift intermedio tomados con la Advanced Camara of Surveys del Telescopio Espacial Hubble. Aquellos cúmulos habían sido observados con entre cuatro y seis bandas cada uno y con exposiciones muy prolongadas (entre dieciséis y veinte órbitas), lo que resultó en imágenes muy profundas.

Así, cuando unos meses antes de partir comencé a trabajar con aquellos datos increíbles no pude superar mi asombro. Ante mis ojos se encontraban objetos que nunca antes había visto. Era como si antes hubiera estado mirando la realidad con una miopía de caballo y, de pronto, viera todo con una nitidez prodigiosa.
Ante esta visión tan arrebatadora, me lancé a analizar el primero de aquellos cinco cúmulos, Abell 2218, y puedo decir que dediqué días enteros a revisar una y otra vez la belleza de aquellas galaxias perfectamente delineadas. Llegué a ser capaz de localizarlas de memoria.

A2218 es un cúmulo muy masivo y uno de los más ricos del catálogo de Abell. Su popularidad se debe a que posee un anillo en torno a su BCG, provocado por el efecto lente de una galaxia situada detrás del cúmulo a redshift mayor que seis. Además, A2218 es peculiar porque se cree que es un cúmulo en estado de fusión, ya que tiene una estructura muy complicada cerca del núcleo y consta de dos concentraciones diferentes de galaxias.

Este cúmulo fue uno más de mi muestra a nivel estadístico, y en mi tesis analicé toda suerte de propiedades de la población galáctica de la muestra de cúmulos comparándolas con las de otros cúmulos más cercanos y más alejados. Sin embargo, cuando aproximadamente un año después leí mi tesis, no pude dejar de incluir como portada la BCG de A2218, que tanto había cambiado mi manera de ver el universo.

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