Entre BASTIDORES
La delgada línea entre la divulgación científica y la Ciencia Ficción
Silbia López de Lacalle (IAA-CSIC)

Hace poco tuve la posibilidad de ver Alien Earths (National Geographic), un sobrecogedor documental sobre planetas extrasolares en el que había de todo: anillos, lunas, mares, nubes, tormentas, diamantes, vida... y mucha, mucha especulación. Y tuve la sensación de que aún estaba viendo un episodio de Fringe*. Para dar vidilla a este comentario, intercalaré mi propia estupefacción, en cursiva y entre paréntesis, a la descripción de los hechos.

Tras la obligada visita al planeta Pegaso 51b, en la que se toman -para mi gusto, pero entiendo que es discutible- demasiadas libertades al describir sus vientos, sus nubes de hierro e incluso el paraguas que nos haría falta para soportarlas, comienzan a hablar del planeta 16 Cyg Bb, que saltó a los titulares por girar en torno a su estrella en una órbita muy elíptica. Y aparece la imagen de un planeta con anillos y una luna sospechosamente parecida a la Tierra (ostri, ¿cómo habrán conseguido detectar esa luna?). Entonces se suceden varios minutos en los que se describen las extremas estaciones de esa luna, sus terribles tormentas, el momento en el que los océanos hierven y se evaporan, y los preciosos meses en los que el planeta y la luna atraviesan la zona de habitabilidad y surge la vida que después hiberna… o muere (buff, esto ya se lo están inventando).

“Imaginen un mundo sin estrella”, sugiere el narrador a continuación. Los planemos, como los llaman, son planetas que han sido expulsados de su sistema planetario. Según Geoff Marcy, uno de los cazaplanetas más reconocidos, “hay cientos de miles de millones de estos pobres planetas vagabundos” (Pues sí que estoy atrasada, la primera vez que oigo la palabra “planemo”… Algo me suena de planetas sin estrella, pero ¿cientos de miles de millones?). Se trata de objetos que deambulan solitarios, pero si un planemo es rocoso y lo bastante masivo como para retener su atmósfera, podría albergar vida (¡!). Por otro lado, si se tratara de un planemo gigante gaseoso, podría tener lunas alrededor y estas, debido a la fricción producida por la interacción gravitatoria, mantendrían su interior caliente. “Podría haber vida en ellos”, asegura una astrónoma del MIT, “de la misma forma que Ío, la luna de Júpiter, presenta volcanes y calor debido a la interacción” (¡Pero si Ío está achicharrada! ¿Habrá algún tipo de posesión que lleva a afirmar que todo puede contener vida?).

Al poco, un nuevo sobresalto: ¡tierras con esteroides! (madre mía…). “Me gusta llamarlas supertierras”, comenta un científico de Harvard. “Son justo como la Tierra, pero mayores: hasta unas diez veces más masivas” (¡Justo como la Tierra! Creo que voy a cambiar de canal…). Y, con ilustraciones de objetos idénticos a nuestro planeta, hablan de los distintos tipos: los que tienen continentes y mares, los secos y los mundos acuáticos. “Bienvenidos a Gliese 581c”, invita el narrador (Vaya, otra vez el cuento chino de Gliese…). Los detalles son abrumadores: Gliese 581c, un mundo cubierto de agua -fotos con mucha agua-, “un cielo azul, algunas nubes blancas, una temperatura muy similar a la terrestre y un clima absolutamente perfecto todos los días” (no les engaño, son citas textuales del documental). Y, claro, vida a borbotones.

“Pero no todas las supertierras son mundos acuáticos que rebosan vida”, asegura el narrador. “Un planeta de carbono es algo que no se parece a nada que hayamos visto”, continúa, y detallan profusamente su apariencia y clima, con lagos malolientes de gasolina y lluvia de benceno y butano.

El documental terminó tarde, y al día siguiente hice los deberes: confirmé que la luna de 16 Cyg Bb solo existe en la imaginación de los guionistas, encontré una única referencia a planetas sin estrella descubiertos (una pareja de gigantes gaseosos), aunque poco después se publicó el hallazgo de una decena más, y vi que las tierras de carbono son una hipótesis planteada en 2005 en asto-ph, una publicación sin arbitraje. Ya en el número 22 de esta revista (p.17) criticábamos el alto nivel especulativo del artículo que anunciaba la existencia y rasgos de Gliese 581c, pero lo gracioso es que este prometedor mundo rebosante de vida cayó en desgracia hace tiempo a favor de Gliese 581g, anunciado como el “primer planeta realmente habitable” (auguro que este titular se repetirá a menudo) y cuyo reinado fue aún más breve: a día de hoy figura en la Enciclopedia de Planetas Extrasolares en la sección de “Planetas no confirmados, controvertidos o falsos positivos”.

Ante este tipo de documentales tiendo a pensar que nos toman por tontos: que los guionistas y científicos de Alien Earths creían que los exoplanetas no interesarían a nadie si no apelaban a los marcianos. Pero lo más grave reside en lo que no se dice: que lo que vemos son ilustraciones, que la mayoría de estos planetas se descubrieron por técnicas indirectas que solo permiten determinar la masa mínima del planeta -de modo que las suposiciones sobre sus características (clima, composición, etc) son bastante especulativas-, y que los errores y falsos positivos abundan.

Seguro que, a la velocidad a la que progresa este campo, se hallarán objetos como los que predicen, pero convertir el “quizá haya” en “hay” es arriesgado: alguien que no disponga de las herramientas para verificar lo que dicen terminará el documental convencido de que hay lunas con plantas, planemos con vida bacteriana y una supertierra con mares y un clima espléndido, y los datos indican que al menos esto último es mentira. El progreso científico es suficientemente fascinante como para que pueda comunicarse sin estos peligrosos aditivos que, además, desgastan la confianza en la ciencia y en la divulgación científica.

Como último apunte recomendaría que lo vieran (está disponible en internet): constituye un excelente compendio de lo que no hay que hacer para comunicar la ciencia.

*Para los que no conocen la serie: es una orgía entretenidísima de mundos paralelos, alteraciones genéticas, poder mental y conspiraciones.


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