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Javier Gorosabel (IAA-CSIC)

Nacido en Eibar (Guipúzcoa) en 1969. Realizó su tesis doctoral en el LAEFF (Laboratorio de Astrofísica Espacial y Física Fundamental) y en la Universidad de Valencia en el 1999. Actualmente es Investigador Científico del IAA-CSIC

GRB 970508

Los fenómenos que estudio ocurrieron hace mucho tiempo. De hecho, sucedieron antes de que yo naciera -bueno, mucho antes de eso. Es más, muchos de ellos ocurrieron antes de que el Sol y la Tierra se formaran.

No conocen el calendario. Tienen la mala costumbre de contactar conmigo en forma de “alerta SMS” a cualquier hora y día,  aunque tienden a ser caprichosos y fastidiarme los fines de semana. Son bastante comunes en el universo, pues sé de ellos (y conmigo otros cientos de astrónomos) más o menos una vez por semana. Aunque su vida es realmente corta (desde pocos milisegundos hasta varios cientos de segundos) su luz viene atravesando el universo en un viaje que puede durar hasta más del 95% de la edad del universo. Así, supongo que no resulta fácil entender cómo un pulso de radiación electromagnética procedente del universo más primitivo es capaz de despertarme mediante el móvil un sábado a las tres y media de la mañana. Intentaré explicarlo.

Estos pulsos de radiación se conocen como estallidos de rayos gamma o GRBs (del inglés Gamma-Ray Burst), y la mayor parte de su energía se detecta en rayos gamma, radiación que, afortunadamente (entre otras cosas para nuestro ADN), nuestra atmósfera bloquea. Esto provoca que para su detección necesitemos poner órbita satélites con telescopios* de rayos gamma. Estos satélites, entre los que destaca Swift (NASA), localizan los GRBs y distribuyen, mediante un sofisticado y rápido sistema de alertas, su posición a los móviles de un grupo de astrónomos de todo el mundo para que puedan observarlos desde tierra en longitudes de onda que sí atraviesan la atmósfera, es decir, óptico, infrarrojo cercano y ondas de radio. Y una respuesta ágil es fundamental porque el “resplandor” de estos fogonazos se desvanece muy rápidamente en el cielo.

Mi trabajo consiste en responder a estos SMSs alertando a distintos observatorios.  En mi casa tengo mapeada la red de mi compañía de móvil y ya forma parte de la liturgia nocturna colocarlo en el rincón de máxima cobertura tras asegurarme de que tiene batería suficiente.

Uno podría pensar que los que trabajamos en este negocio al menos tenemos los días para descansar un poco. Pero, afortunadamente (o desafortunadamente para nuestros nervios) podemos hacer uso de una red telescopios distribuidos por todo el mundo, de tal forma que siempre es de noche para alguno de los telescopios de nuestra red.

 

8 de mayo de 1997

La primera vez que conocí (o mejor dicho me telefoneó) uno de ellos, yo era un cándido, inocente y entusiasta estudiante de doctorado que se dedicaba a otros menesteres científicos. Por aquel entonces hacía mi tesis en el LAEFF (Laboratorio de Astrofísica Espacial y Física Espacial) situado a las afueras de Madrid. Aunque suene a topicazo, he de admitir que aquella llamada cambió mi carrera científica. Debía de ser la una madrugada cuando me sorprendió en el LAEFF una llamada desde Italia. Era el investigador principal del satélite BeppoSAX**, que necesitaba hablar urgentemente con mi director de tesis que, como es natural, no estaba a esas horas en el trabajo. El investigador italiano me informó, bastante exaltado, que su satélite había localizado un GRB hacía muy pocas horas y que necesitaba que alguien lo observara desde tierra lo antes posible. En mi candidez y en ausencia de mi director me ofrecí a ayudarle (no sabía dónde me metía…). Él me proporcionó unas coordenadas “secretas” y me puse a llamar a toda prisa a distintos observatorios con la esperanza de convencer a algún incauto astrónomo de que cediera su tiempo para la búsqueda de algún objeto nuevo en esas coordenadas. Era el 8 de mayo de 1997, por lo que la criatura pasó a llamarse GRB970508.

El atrevimiento juvenil me costó dos días de sueño, pero mereció la pena. Dos entusiastas astrónomos accedieron a ayudarme y tomaron unos datos que, pasados catorce años, forman parte de los libros de la astronomía. Estos datos y otros (mejores, tengo que admitir) tomados por diversos grupos internacionales sirvieron para demostrar que los GRBs no solo eran objetos extragalácticos sino que ocurrían a miles de millones de años luz de distancia.  La gran distancia que se midió implicaba que la energía emitida por los GRBs era descomunal, muchísimo mayor que la predecía la mayoría de los trabajos teóricos. Así, de la noche a la mañana los GRBs se convirtieron en los fenómenos más energéticos del universo.

Creo que fue más un encuentro casual que un amor a primera vista. Sin embargo, como si de un “hasta que la muerte nos separe” se tratara, GRB 970508 hizo que desde entonces siga trabajando en este negocio de los GRBs.

 

*Estamos hablando más de detectores de altas energías que de telescopios convencionales basados en principios como la refracción (lentes) o la reflexión (espejos).

** Satélite ítalo holandés operativo desde 1996 hasta 2003. Revolucionó el campo de los GRBs detectando por primera vez su emisión en rayos X y localizándolos con una precisión sin precedentes hasta entonces.

 

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